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Día Internacional de la Mujer Indígena: los derechos no son premios

Muro de concreto cubierto de carteles oficiales despintados por el sol y arrancados a pedazos; donde iban los retratos solo queda papel en blanco.

Karen González · Pueblo Totonaco, Puebla

El pasado 5 de septiembre se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Indígena. Desde los distintos niveles de gobierno del Estado mexicano se realizaron foros, ceremonias, exposiciones y un sinfín de actividades para hacer alusión a esta fecha. Los discursos giraron en torno a las acciones que se han impulsado para reconocer y destacar el papel de las mujeres indígenas en distintas esferas de la vida.

Y, en medio de todo esto, encontramos muchos carteles con rostros de mujeres indígenas. Es curioso, porque algunos de estos carteles, más que informativos, parecen propaganda política. Nuestra imagen aparece en campañas, eventos y materiales institucionales y, muchas veces, es utilizada sin nuestro consentimiento, bajo el argumento de que por haber recibido algún «apoyo» tenemos que dar permiso para que nuestra imagen sea utilizada.

Y esto, de por sí, resulta problemático, porque pareciera que tenemos que agradecer el hecho de acceder a nuestros derechos. Como si recibir un programa, una beca, un proyecto o algún recurso implicara una deuda de gratitud con quien lo otorga. Pero no nos están regalando nada. El acceso a nuestros derechos no debería colocarnos en una posición de agradecimiento permanente, mucho menos convertirse en una condición para disponer de nuestra propia imagen.

Aunado a ello, hay otro tema difícil de hablar. La realidad es que no todas las mujeres indígenas podemos acceder a esas mismas oportunidades. No existe suficiencia presupuestaria para todas y, entonces, lo que debería ser un derecho termina convertido en una convocatoria, un concurso o una selección. Y aquí aparece la gran interrogante, que entre mujeres no queremos hacer, ¿cómo se elige a las mujeres?

En muchos casos se habla de trayectoria, pero sin el afán de demeritar el trabajo de ninguna mujer, también habría que preguntarnos qué tipo de trayectoria quiere o le conviene al estado. Porque pareciera que la trayectoria vale más cuando se construye bajo determinados espacios políticos o cuando se legitima al partido político del gobierno en turno. Entonces, ¿qué pasa con las mujeres indígenas que hacemos cosas desde nuestras propias autonomías? ¿Qué pasa con quienes trabajan de manera independiente, desde nuestras comunidades, desde nuestras organizaciones, desde nuestros territorios, sin reflectores y sin aparecer constantemente en las fotografías institucionales?

Este es un tema difícil de hablar, y hay que aclarar que no se trata de cuestionar que unas mujeres tengan acceso, ni de demeritar a quienes han sido reconocidas. El problema es que el acceso a los derechos no es universal y está acotado a una selección por convocatoria. Las «oportunidades» no deberían ser para unas cuantas, porque bien sabemos que en México, lamentablemente, el piso no es parejo.

Entonces, habría que preguntarnos: ¿quiénes estamos quedando fuera? Porque no se trata de quitarle derechos a unas para dárselos a otras, sino de dejar de pensar los derechos como premios.